Encuentro Coral: Mañana viernes 17 de abril, el Auditorio Municipal Raphael acogerá un encuentro coral a las 19:00h con la participación del Coro Luigi Boccherini.
¿Lo oyen? Es el roce de un arco de crin sobre la cuerda de tripa. Un susurro de seda que atraviesa los siglos. Si usted camina hoy por la planta noble del Palacio del Infante Don Luis, en Boadilla, y sabe guardar silencio, la historia le devolverá un eco. No es el viento entre los chopos; es Luigi. Es Boccherini.
Año 1770. Madrid es un avispero de intrigas. El Infante Don Luis, hermano de Carlos III, es un hombre sensible condenado al rincón de la historia. ¿Su pecado? Querer ser libre en una corte de corsés. ¿Su refugio? Boadilla. Y allí, en ese palacio que es un sueño de piedra de Ventura Rodríguez, el Infante ficha a su «fiel escudero» del sonido: Luigi Boccherini.
¿Qué buscaba un genio de Lucca en este secarral madrileño?
Paz. Libertad. Boccherini no quería ser un lacayo de librea; quería ser un alquimista de la armonía. Y el Infante, melómano hasta la médula, le dio las llaves del paraíso. Dicen que Don Luis rasgaba el violín con más voluntad que destreza, y que Luigi le seguía con el violonchelo, frenando su virtuosismo para no dejar en evidencia a su señor. Eso no es servidumbre, señores: eso es elegancia. Eso es amor.
Música con olor a campo
Asómense hoy a esos balcones recién restaurados de la planta noble. Miren hacia la Casa de Aves. Allí, entre trinos reales de pájaros exóticos, Boccherini compuso L’Uccelliera. El italiano no escribía notas; pintaba el paisaje. Si Goya —que también andaba por aquí con los pinceles frescos— retrataba el alma de la familia, Boccherini retrataba el aire de Boadilla. ¿Saben que sus famosos quintetos, esos que hoy se estudian en los conservatorios de Viena o Nueva York, nacieron entre estas paredes?
Ahora, en este 2026, el Palacio vuelve a respirar. Se han colocado de nuevo las seis musas de escayola en la escalera, como si esperaran al maestro para empezar el baile. Se han limpiado los trampantojos, se ha sacudido el polvo de los siglos. Boadilla ya no es solo el refugio del Infante; es el santuario de un músico que prefirió la periferia del genio al centro de la nada.
Cuando la salud de la madre de Boccherini flaqueó, el Infante le envió a sus médicos de cámara. En un mundo de castas, Boadilla fue una isla de humanidad. Hoy, cuando el Coro Luigi Boccherini ensaya en el Auditorio, o cuando usted camina por el casco antiguo ahora adoquinado de color albero, el chelo sigue sonando.
No busquen a Boccherini en los libros de texto. Busquen su rastro en la luz de la tarde que entra por los ventanales de la planta noble. Allí sigue él. Afinándole el alma al Infante. Afinándonos la memoria a nosotros.






