El municipio de Boadilla del Monte atraviesa un periodo de preocupante desidia respecto a la conservación de su patrimonio histórico relacionado con la contienda civil española. A pesar de contar con vestigios de un valor incalculable, la administración local parece haber dado la espalda a estos escenarios que narran capítulos fundamentales de nuestra cronología nacional.
El contraste es evidente cuando se observa el esfuerzo de investigadores y colectivos que luchan por rescatar del olvido unas estructuras de la guerra civil que se desmoronan ante la pasividad institucional.
La reciente ruta dirigida por expertos como Guillermo Poza ha puesto de manifiesto la riqueza arqueológica que aún sobrevive en los alrededores de la localidad, aunque en condiciones precarias. Entre la vegetación y el descuido se encuentran trincheras que corren el riesgo de desaparecer para siempre si no se interviene de manera inmediata. Estas excavaciones, que un día albergaron a soldados en momentos críticos, hoy solo reciben el impacto del tiempo y la falta de un plan de protección real.
Resulta llamativo que, mientras el Palacio del Infante Don Luis recibe atenciones para su rehabilitación, otros elementos defensivos de la misma importancia histórica queden relegados a un segundo plano. Existen aspilleras y puntos de vigilancia situados en terrenos de titularidad privada que no parecen despertar el interés del actual equipo de gobierno municipal.
Esta falta de sensibilidad patrimonial condena a la destrucción restos que deberían ser tratados como bienes de interés cultural y herramientas educativas para futuras generaciones.
El periodista Pedro Blasco, gran conocedor de los escenarios bélicos de la geografía española, ha señalado en diversas ocasiones la importancia de no permitir que la desmemoria gane la batalla. Blasco destaca que otros países que sufrieron regímenes autoritarios han sabido gestionar sus monumentos y vestigios, ya sea para el recuerdo o para la reflexión histórica. En España, sin embargo, nos encontramos con un panorama fragmentado donde la iniciativa ciudadana suele ir varios pasos por delante de la gestión política.
En otros puntos de la Comunidad de Madrid, como Morata de Tajuña, el esfuerzo personal de particulares ha permitido levantar museos extraordinarios sin apenas respaldo de las instituciones públicas. Del mismo modo, asociaciones dedicadas al estudio del frente madrileño realizan una labor encomiable intentando preservar la historia de forma objetiva y rigurosa. Estas entidades buscan que el patrimonio bélico sea visto como una lección de historia común y no como una herramienta de división ideológica.
El abandono que se percibe en Boadilla no es un caso aislado, pero sí resulta especialmente doloroso por la relevancia de los combates que allí tuvieron lugar.
La protección de las fortificaciones y refugios no debería ser una cuestión de colores políticos, sino un compromiso con la identidad y el pasado del territorio madrileño. La recuperación de estas rutas permitiría potenciar un turismo cultural de calidad que hoy en día está totalmente desaprovechado en el municipio. Es necesario que el ayuntamiento tome cartas en el asunto antes de que los vándalos o la propia erosión natural terminen con lo poco que queda en pie.
La experiencia internacional demuestra que los lugares que fueron testigos de conflictos pueden transformarse en centros de interpretación que atraigan a visitantes de todo el mundo. En naciones del este europeo, aunque muchos monumentos de la era soviética fueron retirados, se conservaron espacios clave para entender su evolución social y política. Boadilla tiene la oportunidad de seguir ese ejemplo, dignificando sus trincheras y protegiendo las aspilleras que aún asoman entre sus campos y urbanizaciones.
La labor de divulgación que realizan especialistas por estos parajes es vital para que la sociedad tome conciencia de lo que se está perdiendo cada día que pasa. Cada piedra que se desploma en una trinchera olvidada es una página de nuestra historia que se borra definitivamente del libro de la memoria colectiva.
Es necesario un plan de actuación que incluya la señalización, limpieza y consolidación de todos los restos militares del término municipal. La cultura no solo reside en los grandes palacios o en los eventos festivos, sino también en el suelo que pisamos y en las cicatrices que la historia dejó en nuestro paisaje. Pedro Blasco y otros cronistas seguirán señalando estas carencias mientras el patrimonio de Boadilla del Monte siga esperando una mano que lo rescate de la ruina definitiva.






