Boadilla del Monte ocupa un lugar especial en la historia personal de Nadja Manjón. No es el punto de partida de su carrera deportiva ni el escenario de sus mayores triunfos competitivos, pero sí el espacio donde la extenista gallega logró algo quizá más difícil: reconciliarse con el deporte que marcó su vida.
Tras años de exigencia extrema, presión familiar y una carrera encaminada desde la infancia al alto rendimiento, Manjón terminó alejándose del tenis de forma abrupta. A los 17 años, cuando el sueño profesional ya no parecía alcanzable y la carga emocional y económica era insostenible, decidió dejarlo todo atrás. Durante años, la raqueta desapareció de su día a día, y con ella una parte fundamental de su identidad.
Ese distanciamiento se mantuvo incluso cuando se trasladó a Madrid para iniciar una nueva etapa vital y profesional, repartida entre su trabajo en una empresa de moda estadounidense y el sector inmobiliario. Fue entonces cuando Boadilla del Monte apareció en su camino de manera casi accidental, sin expectativas ni objetivos deportivos.
Un club, una comunidad, un reencuentro
En el club David Lloyd de Boadilla del Monte, Nadja volvió a coger una raqueta con una intención muy distinta a la de su adolescencia. No buscaba competir, mejorar rankings ni cumplir horarios estrictos. Su objetivo era sencillo: socializar, conocer gente y jugar cuando realmente le apeteciera.
El modelo del club, basado en grupos de socios que se organizan para jugar sin la presión de entrenadores ni exigencias externas, encajó perfectamente con lo que ella necesitaba en ese momento. Boadilla le ofreció algo que no había tenido antes: la posibilidad de disfrutar del tenis desde la libertad.
Ese entorno relajado y humano fue clave para que el deporte dejara de ser una fuente de ansiedad y volviera a convertirse en una actividad placentera. Sin darse cuenta, Manjón empezó a reconstruir una relación sana con el tenis, entrando y saliendo de la pista sin culpa, sin expectativas y sin miedo al fracaso.

Ver el tenis sin dolor
El cambio no se limitó a las pistas. Poco a poco, Nadja volvió a ver partidos por televisión, algo que durante años le había resultado imposible. Donde antes había frustración y sensación de oportunidad perdida, ahora aparece una nostalgia serena, sin reproches. Boadilla marcó ese punto de inflexión emocional.
Para la extenista, este reencuentro fue también un paso importante en la reconstrucción de su identidad personal. Durante mucho tiempo, el tenis lo había sido todo. Al desaparecer, quedó un vacío difícil de llenar. En Boadilla, Manjón aprendió a presentarse simplemente como “Nadja”, sin etiquetas, sin necesidad de justificar quién había sido o quién no llegó a ser.
De la experiencia personal al relato compartido
De ese proceso de sanación nació su libro Los que no llegaron, una obra en la que da voz a la mayoría silenciosa del deporte: los jóvenes que lo dieron todo, pero se quedaron en el camino. Aunque el libro recorre su trayectoria desde Galicia hasta academias de alto rendimiento en Mallorca, Valencia y competiciones internacionales, el presente del relato se ancla en un lugar concreto: Boadilla del Monte.
Es aquí donde la autora demuestra que el éxito no siempre consiste en llegar a la élite, sino en encontrar un espacio donde poder reconciliarse con el pasado y construir una relación honesta con lo que uno fue. En su caso, Boadilla representa ese lugar de equilibrio.
Un mensaje que trasciende el deporte
La historia de Nadja Manjón en Boadilla del Monte va más allá del tenis. Es el reflejo de muchos jóvenes —y no tan jóvenes— que han tenido que redefinir su camino tras ver truncado un sueño. Su experiencia demuestra que alejarse no siempre es rendirse y que volver, cuando se hace desde la calma, puede ser una forma de victoria.
Hoy, el tenis vuelve a ser parte de su vida, pero ya no la define por completo. Y Boadilla del Monte, sin haber sido escenario de grandes torneos ni titulares deportivos, se ha convertido en el lugar donde la extenista pudo, por fin, cruzar su propio puente sin miedo.






